jueves, 24 de julio de 2014

Vocación de curar

Vocación de curar
Recientemente una buena persona me regalo un libro que lleva por título “Vocación de curar”, y al abrirlo me encontré con diferentes pensamientos de notables escritores, artistas, médicos y personas que de alguna manera se relacionan con el mundo de la salud, del arte y de la belleza.
Este libro me llevó a reconocer que todas las personas que tengan como misión el de ayudar a otros,  tienen de alguna forma esta vocación de curar. Cuando hablamos de curar no pensemos solamente en los médicos, en las enfermeras o en los psicólogos, sino en todos aquellos que tienen esa finalidad de descubrir la bondad en los demás. Y cada uno de nosotros podemos descubrir esta vocación.
Pienso por ejemplo, en los artistas que se dedican a plasmar en un hermoso óleo su inspiración y que al contemplarlo sana nuestro interior dejando transformar algún sentimiento negativo en una actitud de bondad hacia los demás. Así, estos pintores (artistas), tienen esta vocación de curar y de sanar pues despiertan en cada uno de nosotros lo sagrado de la contemplación.
Una mama que se preocupa por el crecimiento de sus hijos, por su educación, por su formación en los valores humanos-cristianos, sabe curar, sabe sanar; pues con su empeño y sacrificio, sus hijos crecerán con valores bien cimentados y así, esta dedicación será recompensada.
Un sacerdote, cuando se convierte en verdadero puente de la misericordia de Dios y lo refleja en una paternidad bondadosa, hace manifiesta su vocación de curar.
Una religiosa, en la medida en que su maternidad espiritual sea imagen de la cercanía de Dios hace patente su vocación de curar, pues estará sanando corazones que se sienten solos, tristes y sin esperanza.
Todos podemos despertar de la enfermedad de la indiferencia hacia los demás, pidiéndole a nuestro Padre Dios que nos haga tener actitudes sanantes hacia nuestro prójimo. Definitivamente Dios nos llama a la santidad, y una manera muy concreta de vivirla es en mi vocación de curar.
P. Alejandro de Jesús Álvarez Gallegos
Coord. Diocesano para la Pastoral de la Salud

pastoralsaludyucatan@hotmail.com

Saber acompañar

Saber acompañar
Saber acompañar ciertamente no es fácil. El acompañamiento de una persona que está pasando por momentos de angustia, ya sea por un duelo, un enfermedad o cualquier tipo de pérdida resulta siempre un reto para el acompañante.
Acompañar significa <<estar con>>, <<caminar junto a>>, y para esto se requiere de la práctica de la virtud de la empatía. Acompañar viene  del latín: Cum-panis <<comer pan juntos>>, sentarse a la mesa emocional y espiritual del enfermo y su familia e intercambiar sentimientos, deseos, preocupaciones y esperanzas.
Acompañar es entrar en tierra sagrada, pues muchas veces el enfermo nos permite entrar en lo más sagrado que tiene, que es su conciencia. Y es en la conciencia donde precisamente Dios habla.
Es ayudar al propio enfermo a descubrir que es lo que Dios le está diciendo, porque Dios nunca se queda mudo, siempre habla, pero hay que aprender a escucharlo. Para esto el acompañante debe estar muy cerca de Dios, tener un diálogo real y sincero con Dios, y también junto con el enfermo abrir el corazón y la mente para poder escucharlo.
El acompañante pide ante todo el don de la sabiduría para saber discernir las inquietudes del enfermo, sus dolores, sus malestares, sus anhelos. Pero, todo esto no se puede dar sino hay de por medio la empatía.  El que acompaña no dirige, sino que camina al lado; no impone su modo de pensar o actuar; tampoco da consejos “sobre lo que debería de hacer”; sino que discierne en común con los otros profesionales de la salud. Esto es generar empatía. Cuando el enfermo no se siente a gusto con su acompañante se va a producir una obscuridad en el diálogo, se volverá todo mecánico y gris.
En fin, que acompañar siempre será un arte que se va aprendiendo día a día, no hay que desesperarse, pues nadie nace sabiendo cómo acompañar a un enfermo o a una persona en situación de crisis. En artículos posteriores abundaremos sobre este proceso de acompañamiento que genera salud y como consecuencia la paz interior.
P. Alejandro de Jesús Álvarez Gallegos
Coord. Diocesano para la Pastoral de la Salud
pastoralsaludyucatan@hotmail.com


A las enfermeras y enfermeros

A las enfermeras y enfermeros
¡Feliz Año 2014¡ Iniciamos un nuevo año con la gracia y bendición de Dios. Un nuevo año en el que seguramente vendrán nuevas oportunidades, retos, sacrificios, éxitos, logros, etc. Lo que siempre pedimos para el nuevo año salud, trabajo y unión. ¿No es así?
Ciertamente no está totalmente en nuestras manos tener una vida saludable. Continuamente estamos sujetos a los factores ambientales, químicos, tóxicos, etc. Y muchas veces hasta un mosquito nos puede llevar a la cama por varios días, pero sí que podemos poner de nuestra parte para que nuestra salud se encuentre en buenas condiciones. Es decir, no exponernos corriendo riesgos que no son necesarios. Busquemos ante todo la prevención, con hábitos higiénicos y de salud que nos acompañen los 365 días del año.
Por otra parte, este 6 de Enero celebramos el día de la Enfermera o enfermero. Estas personas que nos cuidan, atienden y se preocupan de nuestra salud cuando nos encontramos en el hospital, merecen nuestro reconocimiento y respeto.
Muchos de ellos y ellas son verdaderamente como esa luz que encienden el día de su graduación, pues llevan esperanza de aliviar el dolor y el consuelo que cura.
Recientemente, el Papa Francisco en una de sus homilías en la Casa de Santa Martha dijo hablando de la ternura de Dios: “La imagen que me viene es la de las enfermeras, la de una enfermera en un hospital, que cura las heridas una a una, pero con sus manos. Dios se involucra, se mete en nuestra miseria, se acerca a nuestras llagas y las cura con sus manos, y para tener manos se ha hecho hombre”.
Por este motivo, la pastoral de la salud quiere hacer presente a todas las enfermeras y enfermeros con una Celebración Eucarística el día 6 de Enero en la Catedral de Mérida, presidida por el Sr. Arzobispo de Yucatán, S.E. Mons. Emilio Carlos Berlie Belaunzarán, a las 8.15am. Están todos invitados a darle gracias a Dios por los cuidados que hemos recibido de estas personas. Y al mismo tiempo para pedir que cada día hayan más hombres y mujeres que quieran servir a la sociedad como enfermeras o enfermeros.
Dios les pague y les recompense la enorme labor que realizan en bien del ser humano, de toda la persona. Muchas gracias enfermeras,  que Santa Águeda patrona de las enfermeras interceda por ustedes, las proteja y acompañe.
P. Alejandro de Jesús Álvarez Gallegos
Coord. Diocesano para la Pastoral de la Salud

Cuando llega el dolor

Cuando llega el dolor
Nadie esta exento del dolor. El dolor puede ser provocado por la enfermedad biológica, emocional, mental, la muerte de un ser querido, el abandono de hogar, etc.
El dolor nos acompaña toda nuestra vida, y ciertamente nos hace pensar en la finitud, en lo débil y vulnerables que somos como seres humanos.
El dolor a los seres humanos nos puede llevar al sufrimiento, pues nos mueve la conciencia y es en la conciencia donde Dios nos habla y nos interpela.
La realidad del sufrimiento plantea una pregunta sobre la esencia: ¿qué es el mal?. La respuesta cristiana a esta pregunta es distinta a la que plantean algunas tradiciones culturales y religiosas. Desde el concepto cristiano, el hombre sufre a causa del mal, que es una cierta falta del bien; es decir que el hombre sufre a causa del bien del que el mismo se ha privado. (Salvifici Doloris 2)
Todo hombre que sufre se pregunta: ¿por qué? -es una pregunta sobre la causa- y al mismo tiempo, ¿para qué? -es decir por su sentido o su fin.
El dolor debería ser erradicado, a los enfermos se les puede evitar sentir dolor pero no siempre se les puede evitar el sufrimiento, porque va más allá de lo tangible.
Cuando llega el dolor debemos acudir a los diversos medios que la medicina nos ofrece, los avances han sido- gracias a Dios y a los científicos- muy numerosos, pero el sufrimiento es también terapéutico, es sanante.  Cristo no escondía a sus oyentes la necesidad del sufrimiento. Decía “el que quiera venir detrás de mí...cargue con su cruz cada día” (Lc. 9,23). De manera que nos toca unir a Cristo los dolores y sufrimientos que tenemos en esta vida. Será saludable si lo hacemos en espíritu de oración, con actitud de entrega y confianza a Nuestro Señor.
P. Alejandro de Jesús Álvarez Gallegos
Coord. Diocesano para la Pastoral de la Salud

pastoralsaludyucatan@hotmail.com

viernes, 24 de mayo de 2013

cuando me visita la enfermedad


Hablemos de Bioética…
Cuando me visita le enfermedad
Por Pbro. Lic. Alejandro de Jesús Álvarez Gallegos
Coord. Diocesano de la Pastoral de la Salud
Twitter: @padrealejandro
Facebook: Hablemos de Bioética

De repente vamos por la vida llenos de salud, de energía, trabajamos, nos divertimos, vamos a la Iglesia, vienen los tiempos de las grandes decisiones y creemos que esto es para siempre. Como que nos sentimos inmortales y no sabemos lo que es el dolor, el cansancio, la fatiga.
Pero de repente el tiempo empieza a pasar, cae, nos sorprende como un ladrón en la noche y empiezan las fatigas, el dolor por allá, y solemos decir que antes no me dolía la rodilla, o que me cansaba menos y que hacía más actividades.
La enfermedad nos suele sorprender “cuando menos lo esperamos”, y es que la fragilidad de la vida humana se hace presente a cualquier edad. La enfermedad no respeta condición social, cultura, religión o edad.
Y es que debemos decir que hay diversos tipos de enfermedades
Agudas por ejemplo la gripe, las Crónicas por ejemplo la artritis, las Esporádicas por ejemplo, los derrames cerebrales, las Infecciosas y parasitarias, neoplasmas (las que se refieren a los tumores cancerígenos) , enfermedades de la sangre y del sistema inmunológico, enfermedades endocrinas (diabetes, obesidad), desórdenes mentales, del sistema respiratorio y digestivo, etc.
¿Cómo debemos prepararnos ante la posible llegada de una enfermedad? ¿Qué actitud debemos tomar ante la llegada de una enfermedad?
Propongo cinco sencillos pasos para prepararse:
1.   Ser consciente
2.   Prevención
3.   Aceptación
4.   Cuidados
5.   Actitud

1.   Ser consciente de la finitud de la vida humana, yo no soy inmortal, no viviré eternamente, la vida es prestada y está sujeta a la caducidad del tiempo. Es necesario tener esta preparación mental, existen algunas personas que viven más de 100 años, pero son muy pocas, incluso suelen ser noticia. Pero aún así igual mueren.
2.   La prevención. Formar hábitos saludables durante la vida ayudan a retrasar la aparición de las enfermedades. Comer saludablemente, es decir, de una manera balanceada, hacer ejercicio regularmente, dormir para descansar, fomentar relaciones sociales sanas y verdaderamente humanas, tener una vida espiritual equilibrada y mentalmente buscar momentos de relajación, de descanso, poner orden en tus ideas y consultarlas combatiendo así el stress. Esto ayuda, son medios. La vida debe procurarse vivir en un estado de equilibrio constante.
3.   Aceptación. Cuando llega la enfermedad es necesario encontrarnos serenos, en este momento suelen presentarse las etapas que la Dra. E. Kubler Ross dice acerca del duelo (la enfermedad debe vivirse como un proceso de duelo, pues es una pérdida, la de la salud): Negación, ira, pacto o negociación, depresión y finalmente la aceptación. Quien ha pasado por las etapas anteriores en las que pudo expresar sus sentimientos -su envidia por los que no sufren este dolor, la ira, la bronca por la pérdida del hijo y la depresión- contemplará el próximo devenir con más tranquilidad. No hay que confundirse y creer que la aceptación es una etapa feliz: en un principio está casi desprovista de sentimientos. Comienza a sentirse una cierta paz, se puede estar bien solo o acompañado, no se tiene tanta necesidad de hablar del propio dolor... la vida se va imponiendo.

Dentro de la aceptación podemos añadir la virtud cristiana de la esperanza, pues es la que sostiene y da fortaleza al pensar que se puede estar mejor y se puede promover el deseo de que todo este dolor tenga algún sentido; permite poder sentir que la vida aún espera algo importante y trascendente de cada uno. Buscar y encontrar una misión que cumplir es un gran estímulo que alimenta la esperanza.    
4.   Cuidados. Aquí hablamos de los cuidados básicos para sanar la enfermedad, la alimentación, la administración a tiempo de los medicamentos, la atención debida al enfermo. Pero también podemos hablar de los cuidados paliativos que un enfermo en etapa terminal necesita tener, estos son los cuidados proporcionados al tipo de enfermedad que padece. Pero sobre todo, el enfermo en esta etapa necesita apoyo, afecto de toda su familia, necesita sentirse querido, comprendido, útil a la familia y sociedad y esto de alguna manera debemos considerarlo.
5.   Actitud. La mejor actitud es la de la esperanza cristiana. Como decíamos hace un momento si el enfermo es creyente, debemos hacer hincapié de la posibilidad de unir sus padecimientos a los de Cristo Sufriente. Unir los propios  sufrimientos a la Pasión de Cristo, así en una unión profunda la fe del enfermo se fortalecerá convirtiéndose así en una imagen viva del rostro de Cristo en la cruz.
Pero si el enfermo no fuera creyente, entonces es necesario insistir en que esta enfermedad puede ser una posibilidad para repensar en su propia vida,  sus proyectos, su actitud ante su familia y amigos, etc.

Que no nos tome por sorpresa la enfermedad, asumamos con serenidad la finitud de la vida, nuestra limitación humana elevando a Dios nuestra oración constante y así, seremos plenamente humanos respondiendo a Dios como verdaderos cristianos.

viernes, 15 de febrero de 2013

El Hospital como lugar de Evangelización


Hablemos de Bioética…
Pastoral de la Salud

El Hospital como lugar de Evangelización
Por Pbro. Lic. Alejandro de Jesús Álvarez Gallegos
Coord. Diocesano para la Pastoral de la Salud
Facebook: Hablemos de Bioética
Twitter: @padrealejandro
Sin adentrarnos en la vasta temática de la humanización de la asistencia hospitalaria, recordamos aquí que la complejidad estructural  y funcional del hospital moderno comporta una serie de problemas que, desde una perspectiva pastoral, se convierten en otros tantos desafíos a los que hay que dar una respuesta adecuada y elaborada.
Inevitablemente, el hospital representa para el paciente-enfermo, un lugar extraño. Por más acogedor que se quiera hacer el ambiente hospitalario-lo cual me parece lo correcto- , el enfermo lo verá como algo ajeno a él. No es su hogar, no tiene el “calor de casa”.  De esta manera, ingresar al hospital siempre conlleva una “fractura emocional”, pues conlleva un antes y un después de la propia vida. Antes estaba sano y ahora estoy enfermo. El mismo hospital me lo recuerda. Por eso, hoy más que nunca debemos preocuparnos-autoridades y agentes de la Salud-, a procurar un ambiente lo más humano posible, haciendo así el lugar de encuentro del paciente con la vida saludable que llega a buscar.
Médicos, enfermeras/os, trabajadores de la salud contribuyen con su trabajo cualificado sirviendo al enfermo desde su competencia científica profesional.
Los demás agentes de la salud, debemos favorecer este trato humano y profesional que ofrecen en los hospitales. ¿Cómo podemos hacerlo?
En muchos hospitales- aún faltan varios-, los llamados visitadores de los enfermos, acuden una o dos veces por semana a visitar y a ofrecer a los enfermos los “auxilios espirituales”. Llegan amablemente al enfermo y  a sus familiares, y después de una breve plática le preguntan si desea reconciliarse con Dios, o ser Ungido o tal vez recibir la Sagrada Comunión. De esta manera, el hospital se convierte en el nuevo Templo donde Dios se hace presente y actúa a través de los Sacramentos. El Presbítero llega después para ofrecerles el alivio y el consuelo que sólo puede ofrecer Jesucristo presente en los Sacramentos. En este sentido, el ministro extraordinario de la Sagrada Comunión desempeña también un rol muy importante pues acompaña y está presente muchas veces para una asistencia más cercana.
Es así, como es más común que entre los pasillos de los hospitales- Jesucristo camine en medio de los enfermos, curándolos y salvándolos.
Hoy, el hospital tiene  que atraer a la Iglesia hacia sí, como Iglesia tenemos y debemos ir hacia ellos, pues ahí mismo los enfermos y sus familias necesitan de esta presencia de Dios que actúa y salva.
Para garantizar la viabilidad de todos estos aspectos es preciso que las administraciones de los hospitales muestren una particular sensibilidad de cara a los aspectos <<humanísticos>>. Los mismos médicos y enfermeras saben que cuando el paciente, - espiritualmente esta en paz-, la recuperación es mucho más rápida, pues parte de los cuidados paliativos, que en un próximo artículo reflexionaremos.
Pidamos a Dios por la labor que día a día se realizan en todos los hospitales, por los médicos, enfermeras/os, trabajadores de la salud, para que sirviendo fielmente a su vocación puedan vivir el hospital como una presencia constante de la nueva casa de Dios.

El Hospital como lugar de Evangelización


Hablemos de Bioética…
Pastoral de la Salud

El Hospital como lugar de Evangelización
Por Pbro. Lic. Alejandro de Jesús Álvarez Gallegos
Coord. Diocesano para la Pastoral de la Salud
Facebook: Hablemos de Bioética
Twitter: @padrealejandro
Sin adentrarnos en la vasta temática de la humanización de la asistencia hospitalaria, recordamos aquí que la complejidad estructural  y funcional del hospital moderno comporta una serie de problemas que, desde una perspectiva pastoral, se convierten en otros tantos desafíos a los que hay que dar una respuesta adecuada y elaborada.
Inevitablemente, el hospital representa para el paciente-enfermo, un lugar extraño. Por más acogedor que se quiera hacer el ambiente hospitalario-lo cual me parece lo correcto- , el enfermo lo verá como algo ajeno a él. No es su hogar, no tiene el “calor de casa”.  De esta manera, ingresar al hospital siempre conlleva una “fractura emocional”, pues conlleva un antes y un después de la propia vida. Antes estaba sano y ahora estoy enfermo. El mismo hospital me lo recuerda. Por eso, hoy más que nunca debemos preocuparnos-autoridades y agentes de la Salud-, a procurar un ambiente lo más humano posible, haciendo así el lugar de encuentro del paciente con la vida saludable que llega a buscar.
Médicos, enfermeras/os, trabajadores de la salud contribuyen con su trabajo cualificado sirviendo al enfermo desde su competencia científica profesional.
Los demás agentes de la salud, debemos favorecer este trato humano y profesional que ofrecen en los hospitales. ¿Cómo podemos hacerlo?
En muchos hospitales- aún faltan varios-, los llamados visitadores de los enfermos, acuden una o dos veces por semana a visitar y a ofrecer a los enfermos los “auxilios espirituales”. Llegan amablemente al enfermo y  a sus familiares, y después de una breve plática le preguntan si desea reconciliarse con Dios, o ser Ungido o tal vez recibir la Sagrada Comunión. De esta manera, el hospital se convierte en el nuevo Templo donde Dios se hace presente y actúa a través de los Sacramentos. El Presbítero llega después para ofrecerles el alivio y el consuelo que sólo puede ofrecer Jesucristo presente en los Sacramentos. En este sentido, el ministro extraordinario de la Sagrada Comunión desempeña también un rol muy importante pues acompaña y está presente muchas veces para una asistencia más cercana.
Es así, como es más común que entre los pasillos de los hospitales- Jesucristo camine en medio de los enfermos, curándolos y salvándolos.
Hoy, el hospital tiene  que atraer a la Iglesia hacia sí, como Iglesia tenemos y debemos ir hacia ellos, pues ahí mismo los enfermos y sus familias necesitan de esta presencia de Dios que actúa y salva.
Para garantizar la viabilidad de todos estos aspectos es preciso que las administraciones de los hospitales muestren una particular sensibilidad de cara a los aspectos <<humanísticos>>. Los mismos médicos y enfermeras saben que cuando el paciente, - espiritualmente esta en paz-, la recuperación es mucho más rápida, pues parte de los cuidados paliativos, que en un próximo artículo reflexionaremos.
Pidamos a Dios por la labor que día a día se realizan en todos los hospitales, por los médicos, enfermeras/os, trabajadores de la salud, para que sirviendo fielmente a su vocación puedan vivir el hospital como una presencia constante de la nueva casa de Dios.